Mea culpa

Mea culpa

Loreto . Publicado en No sin mi vino... 562 Views Sin comentarios

Septiembre es un mes agridulce. Hace calor pero no tanto. Hay horas de luz pero no tantas. Hay buenos propósitos de mejora pero no tantos como en enero. Hay caída de la hoja pero no tanto. Si a esto le añades la vuelta al cole y a la rutina, no es el mes más popular en mi calendario.

Ahora bien, mi septiembre poco tiene que ver con el que vivía mi madre. Recuerdo que a ella siempre le dio pena que volviéramos a clase. Le debía gustar tenernos alrededor. Y su empatía era encomiable. También es verdad que nosotros éramos de los 70. Más bien modositos y con cero adicción a pantallas con volumen.

A mí en cambio septiembre me supone la liberación. La vuelta al mundo adulto. A la reflexión pausada. Al silencio. La concentración recuperada. El reencuentro con mis chacras. Y las chicas del txoko.

Y es que la euforia que me produce dejarles en sus filas de clase me hace sentir terriblemente culpable. ¿Soy abominable por desear que ellos compartan tiempo y espacio con sus amiguitos, que ya compartiré yo con los míos? ¿Está justificado que entre mis santos favoritos esté Santo Tomás de Aquino, patrón de los maestros? De mi tremenda congoja proviene mi motivación para buscar un buen caldo que me sosiegue la conciencia y me haga sentir mejor madre y persona.

Comencé este blog explicando que para mí la maternidad y el disfrute del vino van íntimamente unidos. Y me reafirmo. Sobre todo después de dos meses y medio de vacaciones escolares. Cuando tienes hijos del milenio, sobreexpuestos a tecnología e información, y con una capacidad sonora inaudita para mi generación, se comprende que tu día termine con una buena copa de vino. Ojo, si además de terminar lo empiezas (y no seré yo quien te juzgue) quizás necesites unas nuevas vacaciones. El desayuno debe ser con diamantes, no taninos.

Por eso abogo por celebrar todos los hitos del mes de septiembre. Por cada libro de texto carísimo (y prácticamente igual que el de la edición anterior) deberíamos descorchar un blanco. Por cada flauta (y los ratos de práctica que conlleva su dominio) deberíamos abrir un champagne de los buenos. Por cada forro dichoso que nos obligan a poner, deberíamos servirnos un tinto de autor. Por cada cachorro adorable que tenemos la dicha de querer y disfrutar, deberíamos vaciar un box de vermut.

Madres y padres del mundo, si sonreísteis para adentro cuando visteis que empezaban las clases, uníos a mí en este festival de redención vínica. Expiemos juntos nuestra débil condición humana. Brindemos por mejorar cada día como progenitores. Y por nuestros niños: los más guapos, los más listos y los más ruidosos.  A mucha honra.

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